Pedro Ballesteros “In memoriam”

Pedro Ballesteros en compañía de José Carlos Canalda durante un viaje a Teruel en el año 2000

Me ha costado casi tres meses escribir este artículo pese a que nunca he padecido el síndrome de la hoja en blanco. Pero no me sentía con fuerzas para abordarlo pese a que desde el primer momento deseé hacerlo, e incluso ahora me está costando bastante trabajo. Confío en que lo comprenderán.

Sí, era amigo de Pedro Ballesteros. Desde hace muchos años.

Lamentablemente he de hablar en pasado, puesto que desde mediados de septiembre ya no está entre nosotros, derrotado al fin en la larga lucha que mantuvo contra su enfermedad. Antonio Gala tenía probablemente razón cuando dijo que la muerte, cuando aparece a su hora, es uno de los nombres de Dios; pero aquí llegó antes de tiempo, puesto que Pedro tenía todavía muchos años por delante, años que si duda habrían sido fructíferos puesto que se encontraba en su mejor momento creativo. Por desgracia, no pudo ser.

Pedro y yo nos conocimos a principios de los años ochenta cuando, una vez terminado el servicio militar, comencé a participar en los movimientos de defensa del patrimonio de Alcalá, entonces muy deteriorado y en peligro. Ambos compartíamos, junto con el resto de nuestros compañeros, un interés común por la historia de nuestra ciudad, y jóvenes como éramos teníamos la ilusión de que podríamos limpiarle las numerosas telarañas que la ahogaban. El tiempo dirá si lo conseguimos aunque, desde mi escepticismo actual, pienso que sí logramos algunas cosas, aunque no todas las que hubiéramos deseado.

A diferencia de otros amigos de edad similar a la mía, a los que fui conociendo a lo largo de las distintas etapas de mis estudios, Pedro era algo mayor que yo. No demasiado, unos seis años, pero sí lo suficiente para que no hubiéramos coincidido en nuestras respectivas etapas de estudiantes, en las que tampoco fuimos a los mismos centros. Por esta razón nos conocimos cuando ambos éramos ya adultos, yo con veintipocos años y él rozando la treintena, siempre dentro del grupo de amigos que se formó entonces manteniéndose cohesionado durante mucho tiempo hasta que, por diferentes circunstancias, acabó deshaciéndose poco a poco.

Siempre congenié con Pedro, pese a que -o quizá precisamente a causa de ello- teníamos unos caracteres bastante diferentes. Él era mucho más metódico y más tranquilo que yo y asimismo, mientras a mí siempre me ha gustado andar picoteando de aquí y de allá, él era un ejemplo patente de especialización en varios temas concretos de la historia de Alcalá, en los cuales dudo mucho que hubiera muchos capaces de competir con su erudición: el siglo XVIII, la demografía, la bibliografía, el periodismo, el cine y, más recientemente, la música.

Esta diversidad entre sus planteamientos, más investigadores, y los míos, más enfocados a la divulgación, lejos de ser un obstáculo resultaron complementarse perfectamente, de modo que a lo largo del tiempo colaboramos en varios artículos los cuales, les aseguro, hubieran resultado más pobres de haberlos escrito yo en solitario. La mayoría fueron publicados en la prensa local, pero el último fue mucho más reciente, ya con Pedro enfermo pero todavía con ganas de luchar y salir adelante. Se trata de Los tapices desaparecidos de la Catedral-Magistral, escrito para el libro que el año pasado publicó la diócesis en conmemoración del quinto centenario de la erección como Magistral, por el Cardenal Cisneros, de la antigua parroquia de los Santos Justo y Pastor.

En este trabajo recuperamos y ampliamos un antiguo artículo, también escrito por ambos nada menos que veinticuatro años antes, y puedo asegurarles que gran parte del mérito le corresponde a él que, afrontando su enfermedad, fue capaz de desarrollar una actividad que le llevó a consultar varios archivos, encontrando en ellos una serie de datos inéditos que nos permitió corregir y ampliar el anterior. Huelga decir que es para mí una satisfacción, y un honor, haber podido colaborar con Pedro en el que por desgracia fuera uno de sus últimos trabajos, quedándome asimismo el pesar de no poder volver a hacerlo más.

Por lo demás, y ya en el campo estrictamente personal, puedo apuntar que tuve ocasión de seguir bastante de cerca la evolución de su enfermedad, larga y cruel, lo que no le impidió luchar contra ella con una fuerza y un tesón que dudo mucho que yo hubiera sido capaz de tener. Gracias a una ligera mejoría en junio de este año, apenas tres meses antes de su fallecimiento, pudimos estar con él, junto con otro matrimonio amigo, tomando unas cervezas y paseando por esa Alcalá que él tanto amó. Lamentablemente ésta habría de ser la última vez que lo hiciéramos ya que, aunque conversábamos frecuentemente por teléfono, él se veía cada vez más impedido de salir de casa y convenía no agobiarle con unas visitas tan bien intencionadas como posiblemente perjudiciales dado el empeoramiento de estado de salud.

La siguiente visita sería ya en el hospital, y todavía recuerdo entristecido el gesto con el que nos despidió a mi mujer y a mí, quizá porque era consciente de que su vida se agotaba. Y así fue, por desgracia, ya que aunque todavía hubo una visita más -salvo su familia, mi mujer y yo fuimos los últimos en verle con vida-, ya se encontraba sedado y a la espera del desenlace final, que tuvo lugar tan sólo unas horas más tarde.

Fue duro, muy duro, acompañarle al lugar de su eterno descanso, y fue duro también asistir días después a su funeral. Como me está resultando duro escribir estas palabras. Concluyo, pues, diciendo que Pedro fue por encima de todo una gran persona y que, aunque él ya no esté con nosotros, siempre nos quedará el importante legado de su obra, que sería necesario preservar y promover puesto que en su conjunto es una aportación fundamental al acervo histórico de Alcalá.

Descanse en paz Pedro Ballesteros, en el convencimiento de que su paso por la vida no ha sido en modo alguno baldío tal como reza esta breve estrofa:

Cuando la Parca me acoja en su seno
y emprenda el camino del que no volveré,
cuando mi senda se vea truncada,
me iré para siempre, pero no moriré.

Sit tibi terra levis, amigo Pedro.

José Carlos Canalda