A pesar de que la dura vida cotidiana se encarga de malograr día a día nuestras esperanzas y nuestras ilusiones, siempre suele quedar -oculto, pero no desaparecido- un rinconcito de nuestra alma en el que se alberga el quijote que todos nosotros llevamos dentro, razón por la que me ha alegrado mucho la campaña de defensa de la plaza de toros emprendida por la Asociación de Hijos y amigos de Alcalá.

Vaya por delante que no soy aficionado a los toros (de hecho no veo las corridas ni en televisión) aunque tampoco soy antitaurino, ya que tengo un gran respeto por esta manifestación cultural. Por otro lado, tampoco voy a enjuiciar el posible valor artístico, e incluso histórico, de la plaza de toros, ya que de hacerlo así olvidando criterios de otro tipo correríamos el riesgo de incurrir en una grave injusticia al valorar sin más si la plaza merece ser salvada.

En definitiva, es necesario tener en cuenta un factor que no puede ser olvidado y que ya apunté hace varias semanas: La cuestión que hemos de plantearnos no es si la plaza de toros tiene o no la suficiente calidad para conservarla, sino si los alcalaínos queremos que se conserve sea por las razones que sea. La respuesta ciudadana, creo yo, está siendo bastante clara al respecto, y a estas alturas resulta evidente que a un sector significativo de la ciudad le preocupa bastante la posible desaparición del viejo coso taurino. Teniendo en cuenta además que todo parece indicar que no va a ser posible construir la nueva plaza de la carretera de Meco al menos en un plazo relativamente largo de tiempo, creo que el ayuntamiento debería plantearse muy seriamente la idea de rehabilitar la plaza de toros actual tal como proponen los Hijos y Amigos de Alcalá, ya que hasta a quienes somos completamente ajenos al mundillo taurino nos resulta indignante que se tenga que recurrir a una plaza portátil, con los problemas añadidos que esto ha acarreado además para la utilización posterior del campo de fútbol de las Moreras.

Sin embargo, y por encima de todos estos planteamientos, deseo insistir de nuevo en lo importante que puede resultar para Alcalá la articulación de un movimiento ciudadano, ajeno por completo a intereses políticos o de cualquier otro tipo, que sea capaz de defender todo aquello que pueda ser de interés para Alcalá. Ocurre en España, y en esto nosotros no somos ninguna excepción, que la declaración de principios plasmada en la Constitución Española que afirma que la soberanía reside en el pueblo muchas veces no deja de ser una simple frase sin trascendencia real ya que nuestro sistema político se suele parecer más en ocasiones a un despotismo votado que a una verdadera democracia, siendo bastantes los políticos que, como algún que otro ex-concejal, están convencidos de que ganar unas elecciones les permite hacer y deshacer a su antojo durante cuatro años sin necesidad de dar cuentas a sus votantes.

Yo, por el contrario, entiendo que nuestros gobernantes son depositarios de la soberanía popular pero en modo alguno propietarios de la misma, por lo cual el control de los ciudadanos sobre las cuestiones que les afecten ha de ser continuo les guste o no a los políticos. Por lo tanto, encuentro sumamente positivo que los Hijos y Amigos de Alcalá hayan (hayamos, puesto que yo formo parte de esta asociación y asumo plenamente sus planteamientos) tenido la valentía de movilizar a los alcalaínos en un tema que nos afecta a todos nosotros, retomando el espíritu que animara al movimiento ciudadano que hace ciento cincuenta años cristalizó en la Sociedad de Condueños.

Gracias a los Condueños se salvó entonces una parte importantísima del patrimonio complutense, y gracias al movimiento ciudadano alentado por los Hijos y Amigos de Alcalá se podría salvar, si tal movimiento cuaja, no sólo la plaza de toros, sino también otros elementos importantes de nuestro patrimonio que estén o puedan estar en peligro en un futuro.

Alcalá es una ciudad que ha sufrido destrozos muy importantes en los últimos años sin que mediaran ni guerras ni desamortizaciones de ningún tipo. Recordemos casos tales como las demoliciones de la parroquia de Santiago; del palacio de la calle de Santa Úrsula en cuyo solar se construyó el cine Alcalá, hoy convertido en bingo; de la mayor parte del colegio de los Irlandeses, o la que desmochó la iglesia del Carmen Calzado. Recordemos también restauraciones tan discutibles como la de la capilla del Oidor, la del colegio de Jesuitas o la del colegio Cardenal Cisneros, o bien la construcción de edificios completamente agresivos con su entorno tales como la facultad de Económicas, la parte nueva del colegio Cardenal Cisneros o la nueva biblioteca central de la calle de la Portilla, sin olvidar por último la destrucción indiscriminada que sufrió en los años setenta buena parte del yacimiento arqueológico de Compluto.

Si entonces (y estoy hablando únicamente de treinta o cuarenta años para acá) hubiera existido un movimiento ciudadano fuerte y motivado en la defensa de lo suyo, es probable que al menos parte de estas agresiones a nuestro patrimonio hubieran podido evitarse a tiempo. Si este movimiento existe en el futuro, es muy posible que todos los intentos de hacer un desaguisado que puedan ocurrírsele a alguien queden neutralizados antes de provocar ningún mal. A los Hijos y Amigos de Alcalá les ha correspondido dar el primer paso, pero desde luego tendrá que ser la ciudad, toda la ciudad, la que siga el camino que nos han marcado. Vaya pues desde aquí mi apoyo y mi aliento a los Hijos y Amigos de Alcalá, en la esperanza de que no sólo se consiga salvar la plaza de toros, sino de que esta iniciativa pueda ser el fermento que materialice la defensa de Alcalá frente a cualquier futuro intento de agresión a un patrimonio que es el de todos nosotros.

Nota: Lamentablemente esta movilización ciudadana no sirvió de nada, y la plaza de toros fue poco después derribada.

©José Carlos Canalda 1996

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