Trazado del Canal del Henares En línea discontinua, tramo que quedó sin construir entre Meco y el Torote

Concluida ya la serie dedicada a los afluentes del Henares, tan sólo queda tratar a modo de epílogo un curso de agua que, si bien es de origen artificial, está íntimamente relacionado con nuestro río: El canal del Henares, un viejo proyecto de la Ilustración llevado a cabo tan sólo de forma parcial hace poco más de cien años que supone sin duda alguna uno de los más importantes proyectos hidráulicos de la zona.

Como ya ha sido comentado en esta serie de artículos, el valle del Henares presenta en sus cursos medio y bajo una peculiar disimetría que hace que el cauce del río se ciña estrechamente al escarpado borde sur (los cerros) mientras el límite norte se pierde en la lejana sierra. Por tal motivo, mientras las tierras alcarreñas cercanas a la ribera izquierda del río se ven condenadas al secano a causa de la importante diferencia de nivel existente entre ellas y el Henares, la llana Campiña que se extiende en la margen derecha del mismo tampoco puede ser aprovechada, salvo en una estrecha franja, por culpa de su lejanía.

Por tal motivo, no es de extrañar que uno de los muchos proyectos elaborados por los ministros ilustrados del rey Carlos III fuera la construcción de un canal que, aprovechando las aguas del Henares, sirviera para convertir en regadío amplias zonas de la Campiña, tanta en la provincia de Guadalajara como en la comarca alcalaína. Este proyecto, junto con otro paralelo en el cercano Jarama, fue apadrinado por el conde de Aranda en un intento, de acuerdo con Josefina Gómez Mendoza1, de crear una zona que sirviera de cinturón agrícola a la villa de Madrid. El proyecto original habría de arrancar en Humanes discurriendo hasta la localidad de Paracuellos (es decir, hasta el Jarama) regando los términos municipales de 29 poblaciones incluida Alcalá.

Lamentablemente este proyecto, al igual que tantos otros de su época, se quedó tan sólo en papel mojado. Habrían de pasar nada menos que noventa años (desde 1769 hasta 1859) para que la idea fuera llevada a cabo, si bien de una manera más modesta: El canal, tras pasar por el norte del término de Alcalá, vendría a morir en el Torote y no en el Jarama.

Según Cayetano Rosell2, contemporáneo de este segundo proyecto, con fecha de 12 de mayo de 1859 se autorizó la construcción del canal a solicitud de don José Pinilla y don José Acebo, agrupados en la Compañía Ibérica de Riegos. La longitud del canal sería de poco menos de 43 kilómetros y su coste se estimó en 12.656.437 reales. La extensión del regadío sería de unas 10.000 hectáreas, y las condiciones de la concesión estipulaban que ésta tendría una duración de 99 años (tras las cuales revertiría al estado) y que habrían de respetarse los regadíos ya existentes en el soto de Aldovea (cerca de Torrejón) y en las localidades de Mejorada y Velilla. También se establecía un máximo para el caudal que podía ser detraído del Henares: 3.000 litros por segundo en los meses de verano y 5.000 en el resto del año.

Los propietarios del canal, por su parte, eran autorizados para cobrar un canon máximo de 344 reales por hectárea, lo que daba derecho a los regantes a doce riegos por año consistiendo cada uno en una tabla de agua de siete centímetros de profundidad. Puesto que el acceso al agua era voluntario, en el caso de que algún agricultor renunciara a uno o más de los riegos le sería detraída la parte proporcional.

De acuerdo con las condiciones del contrato, las obras habrían de ser iniciadas a los seis meses de la concesión y terminadas en un plazo de seis años. Aun cuando Rosell afirmara en 1865 (es decir, justo seis años después) creemos que así se realice, en vista de que los trabajos continúan con actividad, lo cierto es que los plazos previstos no se cumplieron. Con fecha de 28 de enero de 1863 se habría de aprobar definitivamente la concesión del canal, y el trazado de éste vendría a ser modificado: La toma de aguas se realizaría justo después de la confluencia del Henares con el Sorbe en el término de Humanes y en un punto superior al previsto inicialmente, lo que permitiría aumentar su longitud hasta los 50 kilómetros y la superficie regada hasta las 11.500 hectáreas. Otras modificaciones vendrían a ser realizadas sobre la marcha previa autorización estatal.

Por fin, el 24 de junio de 1867 se inauguraron los primeros 17 kilómetros y medio en un clima de euforia que pronto se habría de truncar. Conforme pasaban los años se comprobó que el aumento de los costes no se correspondía con un incremento de los ingresos, y las varias sequías producidas por entonces vinieron a agravar la situación. La única solución era construir pantanos reguladores de las aguas del Henares, labor que quedaba fuera de las posibilidades económicas de la compañía. Por tal motivo, ésta quebró en 1884 dejando sin construir los más de once kilómetros finales del recorrido del canal, correspondientes al tramo comprendido entre Meco y el Torote. Alcalá vendría así a verse privada de los beneficios del canal salvo la finca de El Encín, que aprovecha para el riego las aguas del arroyo de las Monjas, pequeño afluente del Henares al que vierten los excedentes del canal en las cercanías de Meco; situación que aún continúa puesto que, a pesar de las mejoras realizadas con posterioridad, jamás llegó a ser construido este último tramo del mismo.

Por Real Orden de 24 de diciembre de 1888 se reconoció a la Compañía del Canal del Henares como nueva propietaria del mismo, eximiéndola de la construcción del tramo restante que dejaba así la obra reducida a un total de 39 kilómetros. Sin embargo, la falta de rentabilidad condujo de nuevo a una pésima explotación que redundaría en el abandono casi total de esta obra de ingeniería; los regadíos aguas arriba de Humanes y la irregularidad en el caudal del Henares fueron los principales culpables del fracaso.
No obstante, la idea de un canal operativo continuaba siendo atractiva y así, con fecha de 1 de abril de 1927, los regantes de la zona agrupados en comunidad acordaron hacerse cargo del mismo con la ayuda estatal, que alcanzaría al 50% del total. Por entonces el canal se hallaba en un estado de total abandono con varios tramos cegados y su caudal muy mermado, sin que los requerimientos de la administración a la compañía concesionaria hubieran surtido el menor efecto.

Una vez constituida la Comunidad de Regantes del Canal del Henares se procedió a la reparación del mismo, labor ésta bastante laboriosa a causa del abandono en que había estado sumido éste. Las obras se efectuaron en diversas fechas a partir de 1929, y consistieron principalmente en el revestimiento del cauce con hormigón dado que por ser éste de tierra se producían pérdidas por filtraciones. Años más tarde, en 1954, se inauguró el embalse de Pálmaces, sobre el Cañamares, destinado a regular el caudal del Henares y poder así garantizar el mínimo de 3.000 litros por segundo requerido por el canal. Por fin, y ya en la década de los ochenta, entró en funcionamiento el embalse de Alcorlo, en el Bornova, destinado al mismo fin. Sin embargo, otro de los planteamientos de entonces, la prolongación del canal hasta Alcalá no fue llevada a cabo aunque, eso sí, la zona de la provincia de Guadalajara incluida en el trazado sí consiguió beneficiarse del mismo. Tal como han evolucionado las cosas en nuestra ciudad de cincuenta años a esta parte resulta ya muy difícil la culminación del antiguo proyecto, a pesar de que algunos mapas provinciales continúan dibujando el trazado del canal como si éste hubiera sido en realidad construido. Su agua, no obstante, llegó a Alcalá en alguna ocasión con anterioridad a la construcción de la presa de Beleña, cuando la carestía de agua potable en nuestra ciudad llegó a ser en ocasiones acuciante, como sustituta de la insuficiente aportación del Sorbe. No tenía muy buen sabor, pero consiguió sacarnos de apuros.

1 Josefina Gómez Mendoza. Agricultura y expansión urbana. Col. Alianza Universidad, 192. Ed. Alianza Editorial. Madrid, 1977.

2 Cayetano Rosell. Crónica de la provincia de Madrid. Madrid, 1865. Reedición de la Comunidad Autónoma de Madrid, 1983.

©José Carlos Canalda

 

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