Los resultados de la investigación, liderada por el investigador Nicolás G. Bazán de la Louisiana State University Health Sciences Center, en Estados Unidos, y director del ‘LSU Health New Orleans Neuroscience Center of Excellence’, se han publicado recientemente en la revista ‘Scientific Reports’ y apuntan a que los compuestos neuroprotectores sintetizados en la UAH y utilizados en el experimento con ratones de laboratorio pueden prevenir convulsiones y sus efectos dañinos en las espinas dendríticas (estructuras especializadas que permiten a las células cerebrales comunicarse). En la epilepsia, estas estructuras están dañadas y se reconfiguran de forma incorrecta.

El medicamento experimental ha sido probado con éxito por Bazán en ratones de laboratorio, pero todavía queda mucho camino por recorrer, porque están pendientes las fases del ensayo clínico, que podrían prolongarse más allá de una década.

El profesor de la UAH, Julio Álvarez-Builla, informa que la nueva patente contra la epilepsia tiene su origen en una patente anterior, de 2003, formada por compuestos antagonistas muy eficaces frente al PAF (Factor de Agregación Plaquetaria). ‘Es un factor relacionado con procesos de cicatrización de heridas y también inflamatorios y afecta a procesos de degeneración neuronal implicados en enfermedades como el Alzheimer, la epilepsia, la demencia senil o la ceguera macular’, explica el profesor de la UAH.

Los investigadores de la UAH son los encargados de sintetizar los compuestos que después el profesor Bazán utiliza en el laboratorio, en esta ocasión con fines antiepilépticos. Pero esta nueva patente no será la última, ya que en estos momentos Álvarez-Builla ultima con Bazan un artículo sobre las capacidades de los anti PAF para reducir el deterioro de tejido neuronal en los casos de infarto cerebral. ‘Cuando alguien tiene un infarto cerebral y una parte del cerebro queda sin riego, se produce un deterioro neuronal muy importante. Los compuestos anti PAF con los que estamos trabajando en este nuevo estudio podrían servir para reducir ese impacto negativo en los primeros momentos del infarto (dos horas como máximo después del infarto cerebral). Es un medicamento que se aplicaría, por tanto, de urgencia, y serviría para reducir de forma notable los efectos del infarto, por lo que la recuperación del paciente sería mucho mejor’, agrega Álvarez Builla.