No resulta nada fácil resumir en unos breves folios toda la intensa historia del siglo XV alcalaíno, y no lo es por dos razones: la importancia en número y en interés intrínseco de los hechos acaecidos en nuestra ciudad en esta interesante etapa de transición entre la Edad Media y el Renacimiento, y el hecho cierto de que resultaría muy difícil acometer el estudio de este siglo sin hacer una obligada referencia a las centurias anteriores como forjadoras de una personalidad alcalaína que cristalizaría en el XV y rendiría sus mejores, aunque no únicos, frutos en los siglos posteriores.

Ocurre además que los períodos históricos rara vez se corresponden con las siempre artificiales divisiones de los mismos, por lo que me considero obligado a. ampliar el período de estudio por sus dos límites de manera que puedan quedar incluidos en el mismo tanto el arzobispado de Tenorio (1376-1399) como el de Cisneros (1495-1517), ampliado este último con una postrer referencia a los avatares de sus restos y su sepulcro, los cuales se prolongan hasta nuestros días. Por otro lado, es también mi deseo introducir, a modo de preámbulo, una somera reseña de los hechos más importantes acontecidos en nuestra ciudad en el período comprendido entre la reconquista de la misma y el advenimiento al arzobispado de Toledo del aludido arzobispo Tenorio.

Como es sabido la fortaleza de Alcalá la Vieja, perteneciente al reino taifa de Toledo, cayó en poder de las tropas castellanas hacia el año 1085, como consecuencia de la guerra de conquista desatada entonces por el rey de Castilla Alfonso VI. Esta campaña rindió como fruto la conquista de todo el reino de Toledo y, siendo Alcalá una de las últimas plazas fuertes en caer, no es de extrañar que fuera el propio arzobispo de Toledo, el recién nombrado Bernardo de Agen, quien dirigiera personalmente las operaciones de conquista de nuestra ciudad.

Este hecho, aparentemente fútil, acabaría desencadenando una de las constantes históricas más trascendentales de Alcalá, su vinculación durante siglos a la sede primada de Toledo. No habría que esperar mucho para encontramos, en 1126, con la cesión de Alcalá que hace el rey Alfonso VII a don Raimundo, arzobispo sucesor de don Bernardo; tras cuarenta años de dependencia directa del poder real, la renacida ciudad del Henares pasaría a ser señorío de los personajes más poderosos de Castilla, y aun de toda España, después de los propios reyes.

Resulta difícil calibrar en su justa medida la trascendencia de este hecho; sin embargo, las consecuencias no tardarían en hacerse notar. En primer lugar, Alcalá se vería privada de su antigua condición de sede episcopal que ostentara durante todo el período visigodo; teniendo en cuenta que la costumbre habitual consistía en restaurar las antiguas diócesis, no cabe la menor duda de que en esta decisión pesaría en gran medida la voluntad de los propios arzobispos de Toledo, que verían en Alcalá la perla de su extenso señorío.

Sin embargo, no todo iba a ser negativo. Conscientes de la importancia de nuestra ciudad dentro de la totalidad de su territorio, los arzobispos se preocuparon por Alcalá, mimándola de tal manera que llegó a convertirse de hecho en co-sede del arzobispado durante el mandato de numerosos prelados. Resulta extremadamente difícil aventurar como habría resultado la historia de haber sido ésta distinta, pero es evidente que, de no haberse dado esta circunstancia histórica, el devenir de Alcalá hubiera resultado muy diferente.

Y si resulta difícil adivinar como hubiera sido Alcalá de no haber mediado el señorío de los arzobispos de Toledo, no menos aventurado sería ignorar la influencia real de los monarcas castellanos (y posteriormente españoles) en la historia de nuestra ciudad. Arrastrada por sus prelados Alcalá fue en numerosas ocasiones corte de Castilla, y en su solar se sellarían importantes acontecimientos de la historia de nuestro país.

Pero pasemos sin más dilación a repasar los más importantes acontecimientos sucedidos en nuestra ciudad con anterioridad a la llegada de don Pedro Tenorio, el gran arzobispo, unos acontecimientos que siempre vendrían de la mano de los arzobispos de Toledo, de los reyes castellanos o, frecuentemente, de ambos.

En 1126, como ya quedó comentado, se produjo la cesión de Alcalá a los arzobispos de Toledo. En 1135, a consecuencia de ello, el arzobispo Raimundo daría a Alcalá su primer texto legal, el Fuero Viejo, felizmente rescatado hace muy pocos años de un olvido secular. Ya a principios del siglo XIII otro gran arzobispo, don Rodrigo Ximénez de Rada, comenzaría en 1209 la construcción del palacio arzobispal, al tiempo que, años más tarde, establecería en nuestra ciudad una de las dos vicarías del arzobispado de Toledo. Corría el año 1223, y el prelado había intentado así paliar en lo posible la no restauración de la antigua diócesis complutense.

A partir de entonces se entremezclan los datos históricos importantes. En 1254 Alfonso X concedió privilegios a las ferias de Alcalá y Brihuega, y el arzobispo de Toledo Sancho de Castilla convocaría un concilio provincial en nuestra ciudad en 1257 el primero de una larga lista que abarca toda la baja Edad Media. Del arzobispado de García Gudiel y el reinado de Sancho IV quedarían la constitución, en 1293, de los Estudios Generales (el primitivo embrión de la futura universidad) y la solemne recepción, en 1295, del héroe castellano Guzmán el Bueno.

Ya a principios del siglo XIV Fernando IV concedería en 1305 nuevos privilegios a la feria de Alcalá, recibiendo en ella cuatro años después al rey Jaime II de Aragón. Fruto de la reunión entre ambos monarcas, sería el pacto conocido comoTratado de Alcalá. En lo que respecta a los arzobispos, varios de ellos convocarían concilios provinciales en nuestra ciudad a lo largo de todo el siglo, y alguno de ellos como don Jimeno de Luna fallecería en el palacio arzobispal complutense.

Sería a mediados de este mismo siglo cuando la conjunción de dos personajes importantes, Alfonso XI y el arzobispo Gil Álvarez de Albornoz, habría de marcar un nuevo jalón en la ya rica historia de nuestra ciudad. Corría el año 1348 cuando fueron convocadas las famosas Cortes de Alcalá, fruto de las cuales sería el Ordenamiento de Alcalá, una de las piedras sillares de la historia del derecho español.

Siguiendo con nuestro breve repaso a la historia medieval llegamos, ya en el último tercio del siglo XIV, al inicio de nuestra etapa histórica con una nueva pareja de personajes históricos, el rey Juan I y el arzobispo don Pedro Tenorio. En 1387 Juan I, segundo monarca de la dinastía de los Trastamara, fijaría en Alcalá una de las cuatro sedes de la Audiencia Real, falleciendo en nuestra ciudad, víctima de un desgraciado accidente de caballo, en 1390.

Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo entre los años 1376 y 1399, desarrolló una importante labor tanto en el agitado reino de Castilla (veló durante la minoría de edad del rey de Enrique III, el heredero al trono), como en su ciudad de Alcalá, desarrollando una serie de actividades entre las que destacan la convocatoria de un sínodo e, incluso, de un concilio nacional, la reedificación de la ermita del Val (que aún hoy conserva un escudo suyo en la fachada), la construcción del puente Zulema (desaparecido en 1947), la reedificación del antiguo castillo árabe (la mayor parte de los restos conservados hoy proceden de su época), las grandes reformas del palacio arzobispal (un torreón del mismo conserva su nombre), la reestructuración de la calle Mayor (antiguo barrio judío) y la redacción, por último, de su testamento en nuestra ciudad.

Tenorio se configura así como precursor de los otros dos grandes arzobispos, Carrillo y Cisneros, y Alcalá le debe una parte importante de su carácter actual, forjado precisamente en esos siglos. Como curiosidad, es dado reseñar el hecho de que nuestra ciudad, al dedicarle una calle, le otorgó impropiamente el título de cardenal que nunca tuvo.

Mientras tanto, reinaba en Castilla Enrique III, y tampoco este rey se olvidó de la ciudad en la que pasó largas temporadas. Así, en 1394 recibió en el palacio arzobispal a los embajadores de Navarra y Portugal, en 1396 creó el cargo de corregidor de Alcalá, en 1399 recibió en Alcalá al concilio nacional al que ya hemos hecho referencia, en 1402 sería visitado por la exótica embajada de Tamerlán y en 1403 enviaría a Ruy González de Clavijo en devolución de la misma.

Iniciado ya el siglo XV, período histórico que constituye el núcleo (aunque no la totalidad) de esta conferencia, nos encontramos con una Alcalá constituida en una de las principales poblaciones del reino de Castilla aun sin ser una de sus mayores ciudades; una villa mimada por los arzobispos de Toledo y querida por los reyes castellanos, una. población en definitiva que ya se encontraba madura para sufrir las grandes transformaciones acaecidas durante los arzobispados de Carrillo y Cisneros.

Pero continuemos con el hilo de nuestra historia, que en el campo político coincide a lo largo de casi medio siglo con el largo reinado de Juan II (1406-1454), otro de los monarcas trastamara que, como la mayoría de ellos, pasaría largas temporadas en Alcalá llegando a sospecharse que uno de sus. hijos, el infortunado infante don Alfonso, pudiera haber nacido aquí.

En el plano eclesiástico se mantuvo la importancia de Alcalá, alentada ahora por los sucesores de Tenorio. Así, en 1416 se convocó en nuestra ciudad una junta de prelados, y en 1422 fallecería en el palacio arzobispal el arzobispo don Sancho de Rojas. Su sucesor, Juan Martínez de Contreras, continuó con las obras de Tenorio en el palacio, debiéndosele la construcción del ala mudéjar incluido el suntuoso Salón de Concilios, desgraciadamente perdido en el incendio de 1939. Aún hoy, las airosas gárgolas que adornan el tejado de este ala ostentan en su pedestal el escudo de este prelado, que también fallecería en Alcalá en 1434.

Otro de los arzobispos dignos de mención, don Gutierre de Toledo (1442-1446) vería en su breve pontificado cómo las guerras civiles desgarraban el reino, llegando estos disturbios hasta la propia Alcalá, invadida y ocupada en 1444 por don Iñigo López de Mendoza, uno de los principales nobles castellanos, que saldría malherido de la empresa, y un año después conquistada de nuevo y abandonada poco después por Juan I de Navarra, futuro Juan II de Aragón, que llegaría a enseñorearse de las fortalezas de Alcalá la Vieja y Santorcaz.

Al fin llegamos al estudio de la figura de don Alonso Carrillo de Acuña, uno de los más importantes personajes de la historia de Alcalá, injustamente eclipsado por la escasa diferencia cronológica que le separa de la otra gran figura alcalaína, el cardenal Cisneros.

Carrillo había nacido en 1412 en Cuenca, en el seno de una familia que había llegado a dar incluso un cardenal al Papa Benedicto XIII, su tío Alfonso Carrillo. Nombrado obispo de Sigüenza en 1435, alcanzaría la sede primada de Toledo el 3 de agosto de 1446, a los 34 años de edad.

A partir de entonces y hasta el momento de su muerte, acontecida en 1482, Carrillo se constituye en una figura clave de la política castellana, cosa que no es de extrañar si tenemos en cuenta que, a la tradicional influencia que siempre había tenido el arzobispo de Toledo en los asuntos de gobierno, se unía ahora la turbulencia de una época plagada de luchas intestinas entre los débiles reyes trastamara y la poderosa nobleza castellana. Varios han sido los autores que han criticado a Carrillo este interés por los asuntos terrenales, pero conviene no olvidar que nuestro prelado fue ante todo un personaje de su época, con todas las consecuencias a las que esto dio lugar.

Carrillo fue, como ya ha quedado dicho, una figura clave en la política de su época, dado que intervino de lleno en los turbios conflictos que asolaron Castilla a mediados del siglo XV. Fiel a los reyes Juan II y Enrique IV hasta la deposición de este último en la Mascarada de Ávila, apoyó desde entonces al bando rebelde encabezado por los infantes Alfonso e Isabel hasta que esta última consiguió, en parte gracias a su inestimable ayuda, vencer a los partidarios de su sobrina y rival Juana la Beltraneja.

Se sabe que, a lo largo de estos conflictos, el palacio de Alcalá fue un nido de intrigas en el cual tanta Carrillo como algunos otros nobles, tales como el poderoso marqués de Villena, urdieron sin cesar sus interesados planes. Los propios infantes Fernando e Isabel, futuros Reyes Católicos, harían de Alcalá una de sus residencias, recibiendo aquí embajadas y legaciones.

Proclamada finalmente Isabel reina de Castilla en 1474, no por ello cesarían las maquinaciones del arzobispo; hombre ambicioso y nada diplomático, vio con gran recelo el ascenso de su gran rival, el cardenal Mendoza, lo que le movió a romper con su antigua protegida llegando a comentar que la habría de volver a la rueca de la que la había sacado para hacerla reina.

Sin embargo, Isabel era de una madera muy distinta a la de su hermanastro Enrique IV, y a la larga Carrillo habría de salir perdiendo en su confrontación hasta acabar viéndose privado de todas sus fortalezas, incluida la de Alcalá la Vieja, e incluso recluido forzosamente en la villa de Alcalá, donde fallecería el día 1 de julio de 1482.

Pero si es importante la labor del Carrillo estadista aun a pesar de todos sus desafueros, no resulta menos capital su faceta de señor de Alcalá ya que nuestra ciudad, que sería su lugar de residencia casi permanente, la convertiría en una gran población apenas algunos años antes de que Cisneros acabara de perfilar su carácter moderno. Así, Carrillo fundó en 1456 el convento de Santa María de Jesús, más conocido con el nombre de convento de San Diego gracias a la memoria de este humilde lego franciscano que moriría en él en 1463, dando origen a toda una serie de hechos que nadie de su época dudó en calificar de milagrosos. El cuerpo de san Diego, momificado, se conserva aún hoy en la Magistral, donde se exhibe todos los aniversarios de su fallecimiento, acontecido el día 13 de noviembre del citado año.

Pero no sería la fundación de este convento, sustituido a mediados del siglo XIX por el actual cuartel del Príncipe, la única obra de Carrillo en nuestra ciudad. Obligado a la demolición de la antigua parroquia de Santa María por estar ésta ubicada en el solar reservado para el convento de San Diego, fundó una nueva en la actual plaza de Cervantes, de la cual hoy sólo se conserva la capilla del Oidor después de los desmanes ocurridos en los primeros días de la guerra civil. También restableció los Estudios Generales de García Gudiel, lo que serviría para que Cisneros, años después, fundara la universidad. Por último, y también anticipándose a nuestro cardenal, amplió la cerca de la villa desde la actual plaza de Cervantes hasta el limite formado por las puertas de Mártires y Aguadores, ensanche que Cisneros aprovecharía para la construcción de su ciudad universitaria.

Por último, cercana ya la hora de su muerte, presidió en 1479 el proceso celebrado en Alcalá contra Pedro de Osma, acusado de herejía, y sólo unos meses más tarde logró para la parroquia de San Justo, reedificada por él, el título de colegiata, para la que nombró un cabildo.

Por deseo propio, Carrillo fue enterrado en la capilla del convento de San Diego, lugar en el que permaneció hasta que, al ser demolido éste a mediados del siglo XIX, fueron trasladados sus restos, junto con su magnífico sepulcro gótico, al trascoro de la Magistral. Víctima del incendio y posterior saqueo de 1936, el sepulcro yace hoy destrozado en una capilla lateral mientras los restos de Carrillo reposan bajo una sencilla lápida de mármol.

El sucesor de Carrillo en la sede de Toledo fue su gran rival político don Pedro González de Mendoza, hijo del marqués de Santillana y vástago, por lo tanto, de una de las familias más poderosas de Castilla. Hombre de confianza de Isabel la Católica, y personaje tan ambicioso como Carrillo aunque mucho más diplomático que él, el Gran Cardenal de España no se caracterizó por su gran interés por la villa de Alcalá, hecho que no es de extrañar si tenemos en cuenta su carácter cortesano y amante del boato, tan diferente del de su predecesor. Sin embargo, su período de gobierno, comprendido entre los años 1482 y 1495, vería la realización de importantes cambios en Alcalá, como el inicio del derribo del edificio de la colegiata que Cisneros concluiría erigiendo el actual templo, la fundación en 1483 del Hospital de Antezana, el nacimiento el 15 de diciembre de 1485 de la infanta Catalina de Aragón, bautizada. en la colegiata por el propio Mendoza, o la entrevista entre Colón y los Reyes Católicos el 20 de enero de 1486, efeméride que conmemora el recién erigido monumento de la plaza de los Santos Niños.

Sin embargo, la mayor labor realizada por Mendoza fue, sin ningún género de dudas, la protección dispensada por él al joven Cisneros. Perseguido por Carrillo, que no dudó en llegar a encarcelarlo en Santorcaz, Cisneros llegó a ser el hombre de confianza de Mendoza en la etapa en la que éste fue obispo de Sigüenza. Nombrado el cardenal arzobispo de Toledo, Cisneros se retiró a los monasterios de la Salceda y de San Juan de los Reyes de Toledo, donde profesó como franciscano.

Este alejamiento de la agitación mundana le habría de durar poco a nuestro monje, ya que en 1492 Mendoza le recomendó como confesor de la reina, y este mismo prelado, al fallecer en 1495, consiguió de Isabel la Católica el nombramiento de su protegido como sucesor suyo por encima de varios candidatos de importancia, incluido un hijo natural del propio rey.

Desde un punto de vista estrictamente cronológico la mayor parte del arzobispado de Cisneros rebasa el límite del siglo XV, amén de que la importancia de este personaje ha hecho que tenga que ser abordado en varias conferencias del ciclo. No es aquí, pues, el lugar más adecuado para repetir los acontecimientos tratados en otros capítulos, ni el espacio disponible nos permite estudiar como se merece la vida de uno de los más importantes personajes españoles de toda la historia.

Recordemos, no obstante, los principales hitos de su arzobispado, que se extiende entre los años 1495 y 1517. Harto conocidas son tanto la fundación de la universidad, cuyas obras se iniciaron en 1499 para concluirse en 1508, como la edición de la Biblia Políglota, esa magna obra que el cardenal no llegaría a ver terminada.

Pero no se limitó a estos acontecimientos la actividad del cardenal en nuestra ciudad. Cisneros construyó todo un barrio nuevo como sede de la universidad cambiando totalmente la fisonomía urbana alcalaína, al tiempo que concluía la construcción del actual edificio de la colegiata de San Justo, templo para el que conseguiría también el título de Magistral. Fundó también los conventos de clarisas de San Juan de la Penitencia y San Diego al tiempo que reformaba el de Santa Clara, e instaló en nuestra ciudad a una colonia de conversos granadinos al tiempo que erigía, en el corazón del antiguo barrio morisco, la nueva parroquia de Santiago, lamentablemente desaparecida hace muy pocos años sin que en esta ocasión ni incendios ni expolios puedan justificar esta pérdida.

Durante estos años Alcalá continuó siendo residencia real en numerosas ocasiones. Tanto los Reyes Católicos como posteriormente el rey Fernando y su segunda esposa, Germana de Foix, visitaron en más de una ocasión nuestra ciudad, y aquí nació en 1503 el infante don Fernando, hijo de Juana la Loca y futuro emperador alemán tras la abdicación de su hermano mayor el rey Carlos I y V de Alemania.

Cisneros falleció en 1517, siendo enterrado a petición propia en la capilla de San Ildefonso de la universidad alcalaína, esa villa castellana a la que tanto amó y a la que dotó de unas leyes nuevas (el Fuero Nuevo) por las que regirse, esa villa por la que no dudó en mediar entre los estamentos nobles y los plebeyos cuando así fue necesario.

Por ironías del destino, ni siquiera después de muerto acabarían sus tribulaciones. Trasladados sus restos al magnífico sepulcro de mármol tallado por Domenico Fancelli y Bartolomé Ordóñez, éstos fueron depositados en distintos emplazamientos dentro de la misma capilla de San Ildefonso a lo largo de varios siglos, llegándose incluso a perder la referencia de su última ubicación.

Descubiertos finalmente de una manera casual a mediados del siglo XIX, fueron trasladados junto con el sepulcro a la propia iglesia Magistral, en cuyo crucero quedaron depositados no sin tenerse que frustrar con anterioridad un intento de llevarlos ¿cómo no? a Madrid. La guerra civil dejó como secuela el incendio y posterior saqueo de la Magistral, desastre del que no se salvó el sepulcro, dañado por el derrumbamiento del techo y profanado por unas manos desconocidas que buscaban al parecer el escondite de la custodia de las Santas Formas.

Rescatados penosamente los restos del cardenal y desmontado el sepulcro no sin haber sido saqueada antes la valiosa reja de bronce que lo cercaba, ambos fueron trasladados a Madrid como último recurso para evitar su destrucción. Pasado el tiempo volverían a Alcalá, pero en ocasiones distintas y a lugares diferentes: el restaurado sepulcro a la capilla de San Ildefonso, su ubicación original, en 1960, y los restos de Cisneros a la Magistral, donde aún continúan, en 1977. Diferencias de criterios entre los dos organismos implicados (el Estado y la Iglesia) impiden, hasta el momento, que la voluntad de Cisneros pueda verse, aún hoy, cumplida.

 

José Carlos Canalda Cámara

 

 

Anuncios