Escrito por Rosa María García y publicado en la Información de Madrid el 17 de Octubre de 1994

En una carpeta desgastada ya con tanto trajín, Antonio González lleva, entre la infinidad de cartas remitidas y algunas contestaciones, la fotografía de sus dos nietos. Desde que hace cuatro años iniciara su particular peregrinaje entre famosos, autoridades y organismos oficiales, María Libertad y Jonathan -de cinco y siete años respectivamente- ahuyentan los malos presagios. El único objetivo de su yayo es conseguir esos dos millones de pesetas que le faltan para que a sus nietos les quede una casa donde vivir cuando ellos falten o ya no les queden fuerza para mantenerlos.

Antonio González Gutiérrez es un alcalaíno joven todavía: no sobrepasa los 56 años, aunque el cansancio ha hecho mella en su rostro. Su esposa y él consiguieron la tutela de sus dos nietos, y desde entonces, solo viven para hacerles la existencia lo más feliz posible.”Que no les falte de nada” musitan, cuando ellos no escuchan.

Los González saben en carne propia qué es eso de los dramas familiares. Los padres de los pequeños ingresaron hace tiempo en prisión y, desde entonces, no han vuelto a verse.

Los niños ya ni recuerdan cómo son sus progenitores. “De mi hija únicamente sé que salió de prisión, pero no se ha puesto en contacto con nosotros”, explica Antonio, quién reconoce que, a pesar de los lazos de sangre, tampoco ha hecho nada por localizarla. “En cuánto al padre de los pequeños, creo que sigue recluido en Alcalá Meco…”

Cuando no estén

Trece años atrás, Antonio abandonó el trabajo por problemas de columna. Con las 85.000 pesetillas de nada que le dan por invalidez mantiene a su esposa y los dos niños, a los que no les falta ninguna atención. Antonio se las ha ingeniado incluso para sacar de donde no hay, arañar algún dinero e ir ahorrando.

Pero el matrimonio González le obsesiona una idea: qué les quedará a sus nietos cuando algún día ellos ya no estén. Después de mucho pensar, llegaron a la conclusión de los mejor sería comprarles un piso; de esta manera Jonathan y María Libertad, pase lo que pase, tendrán una casa propia.

Fue dicho y hecho. Adquirieron una pequeña vivienda de sólo 40 metros cuadrados por la que deben pagar casi cuatro millones de pesetas. Todo el dinero ahorrado lo invirtieron en el piso, pero todavía les resta por pagar algo menos de dos millones de pesetas.

Según el contrato de compraventa de la vivienda, los previsores abuelotes han de hacer frente al pago en efectivo de esa cantidad antes de enero del próximo año; de lo contrario, perderán el piso y el dinero.

 

Menos robar…

Antonio busca ahora con desesperación alguien que, por lástima o generosidad, le ayude. “A robar no iré, pero a pedir sí”, sentencia en tono circunspecto.

Lo ha intentado casi todo. Se ha entrevistado con famosos de toda condición: toreros, los presidentes-empresarios Jesús Gil y José María Ruiz Mateos, con el Delegado del Gobierno en Madrid (Arsenio Lope Huerta, Curro, fue alcalde en Alcalá de Henares) y hasta el Defensor del Pueblo. También remitió sendas cartas a la Casa Real, a nombre de don Juan Carlos y de doña Sofía.

Las organizaciones de caridad tampoco se han librado de él y de su perseverancia. “En Cáritas me dijeron que no tenían ni cinco. Es lo que hacen todos; muy buenas palabras pero nada más”, afirma Antonio con gesto apesadumbrado. Una desazón que enseguida espanta al ver, entre todos sus papeles llenos de negativas, la fotografía de sus dos pequñines.