* Por Miguel Angel López

Con sinceridad y sin ánimo de ofender a nadie, lo que trato de conseguir con estas cartas es aportar, entre tanta palabrería mediática con tendencia a la manipulación, un granito de sensatez sobre la economía y su incidencia en nuestras vidas.

Si en el anterior artículo apuntaba que hay decenas de millones de personas en el mundo dispuestas a hacer el mismo trabajo que hacemos nosotros pero cobrando mucho menos y trabajando muchas más horas es porque debemos entender que eso es lo que ha provocado que nuestras empresas hayan perdido cualquier posibilidad de competir en un mercado cuyas puertas se están abriendo en todas direcciones.

Un empresario español cuyos costes laborales y fiscales son 20 o 30 veces superiores a los de estos gigantescos países que emergen de la pobreza y la necesidad, no puede, incluso bajando la calidad de sus productos de forma abrupta, acercarse ni de lejos a los precios que estas inmensas industrias de robots humanos están imponiendo en el mundo.

Solamente algunos sectores industriales como las farmacéuticas, las eléctricas y la automoción –financiada en parte por los contribuyentes- se salvan de momento de esta auténtica escabechina a la que estamos siendo sometidos. Las empresas financieras se han llevado el palo de su vida, teniendo que cerrar centenares de sucursales bancarias en todo el país. De no haber sido por el dinero público seguramente se hubiera producido una hecatombe sin precedentes. Ni siquiera aquellos profesionales independientes,  que creían  no depender de terceros para el ejercicio de su actividad, se han quedado al margen  del sufrimiento.

Todos tenemos conciencia de lo complicado que resulta desde hace algunos años encontrar un empleo, aunque no tenga que ver con nuestras expectativas; pero no estoy seguro si la tenemos sobre cuáles son los  motivos de este hecho. Por el contrario, sí he oído en repetidas ocasiones   culpar a los empresarios de esa falta de oferta empleadora que dignificase nuestras vidas, incluso acusarles de egoístas  por no facilitarnos aquello que buscamos con tanta desesperación. Lamentablemente, estas opiniones, unas por ignorancia y otras por la necesidad de señalar a un chivo expiatorio que apague las luces de la realidad, son tan injustas que lo único que nos quedaría por ver es que todos estos emprendedores decidieran algún día bajarse de este tren, abandonar sus empresas, y unirse a los millones y millones de parados y así todos juntos iniciar “una nueva vida”, la de la delgadez y la melancolía.

La duda, y lo digo con tristeza, es si  alguien se ha planteado como está confeccionado el tejido empresarial en España; si alguien se ha planteado como funciona una empresa privada; o lo que es aún peor: si alguien se ha  planteado algo alguna vez.

La realidad deja de manifiesto que el individualismo es la prueba evidente de la supina ignorancia en la que estamos sumidos hasta las cejas la gran mayoría de los españoles. Pensar que no necesitamos a los demás para sobrevivir es un autentico insulto a la inteligencia. Bastaría con analizar 10 o 15 minutos de dónde ha salido el dinero que nos permite subsistir para darnos cuenta que nuestra miserable solvencia no nos ha pertenecido nunca. Los dueños de ella son los demás, hombres y mujeres que han decidido comprar lo que cada uno de nosotros ofrecemos.

Este formato que hemos elegido para seguir mirándonos al ombligo es el culpable de nuestras frustraciones diarias, y aquí no hay discriminaciones: participamos todos al margen de nuestra formación académica, color de piel o creencia religiosa. Al margen de si somos mujer u hombre, empresario o trabajador. Tendemos a vernos como alguien que no somos y eso nos facilita salir de las realidades que forman y conforman nuestra convivencia.

¡Es la economía, estúpido!  Esta es la frase que debería sacarnos de ese limbo donde estamos inmersos, ella es la que nos apunta y nos señala. Aunque, si nos atenemos a la incoherencia que viene dominando nuestras vidas, todos sabemos que la mayoría  seguiremos mirando hacia otro lado, alguno que podamos inventarnos para que nos muestre que siempre se puede obrar el milagro de los panes y los peces.

Esta parte del artículo es el segundo fundamento necesario para quien quiera entender lo que desde hace años está sucediendo en nuestro país, España. Sin esta visión de la realidad sería difícil seguir analizando la pérdida de bienestar que estamos sufriendo.