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Por Miguel Ángel López

Según dicen algunos, esta frase, creada por un asesor de Bill Clinton para la campaña electoral de 1992, fue determinante para que éste ganara unas elecciones que tenía perdidas de antemano.

No sé qué esperaba de ella su creador, ni tampoco si quería transmitir lo que un servidor interpreta de este corto pero potente enunciado, aunque lo que sí sé es que al menos para el que esto escribe, esta cita representa en dos palabras una flecha que atraviesa el corazón de la ignorancia.

Esta visión del mundo es simplemente un análisis personal que por desgracia no he escuchado a casi nadie. Lo dividiré en tres partes y puesto que, por falta de tiempo,  me ha costado mucho llegar a ordenarlo,  invito a aquellos que quieran seguir leyendo que se  despojen, si es posible, de esas dos maldiciones con las que cargamos desde hace décadas, que son la maldita demagogia y la horrenda hipocresía con las que  desayunamos cada día y que nos convierten a todos, como sociedad, en “opinadores” carentes de credibilidad. Al menos, así es como yo lo percibo.

La deslocalización de las empresas del primer mundo es el daño colateral de la globalización. Las primeras empresas que empiezan a irse de los países donde nacieron lo hacen en la década de los 80. En España, esta huida de la industria se inicia un poco más tarde, en la de los 90.

Esta decisión es probablemente uno de los mayores errores que se han cometido por los gobiernos de todos los países del primer mundo, aunque también es probable que no haya sido un error, si no que esas grandes multinacionales que llevaron sus industrias a otros continentes para abaratar los costes de producción, pero no el de los productos que iban a fabricar, sean las auténticas dueñas del mundo, y los políticos simplemente hayan cedido a su poder económico.

Sin embargo, estos países, ya algo más que emergentes, sometieron a esas grandes fortunas a unas leyes a las que no estaban acostumbrados, demostrando que una cosa era ser pobre y otra muy distinta ser tonto. Su sacrificio consistía en ofrecer  mano de obra y fiscalidad muy baratas. Su exigencia, que el 51% de muchas de esas mercantiles  recayeran sobre socios originarios de su país. Su máxima estaba clara: aprender y seguir aprendiendo un año tras otro hasta construir sus propias fábricas, que  abaratarían de verdad los productos. Una vez conseguido esto, la clave estaba en esperar pacientemente a que llegara el momento en el que estos billones de enseres entraran en los hogares de todo el mundo.

En definitiva, la cantidad de puestos de trabajo que han generado estas corporaciones a estos países ha sido proporcional a la cantidad de parados que llevan produciendo durante años  en los países donde se fundaron. Eso sí, con nuestra complicidad, que no es otra que la ignorancia que alimenta el individualismo. Al final, este juego entre los que se creen muy listos y los que lo son de verdad ha impulsado a estas grandes urbes humanas -2600 millones de personas entre China e India- dispuestas al sacrificio a  convertirse en los nuevos y actuales bancos mundiales.

Esto es un hecho. Esta gente, ávida de un mundo mejor, ha sabido capitalizar la “inmolación” de millones de hombres, mujeres y niños dispuestos a ganar 100 veces menos que sus homónimos europeos y norteamericanos, esperando a que el tiempo impusiera un cambio radical en la manera de distribuir la riqueza del mundo.

Lo importante ahora para la sociedad occidental no es lo que ha sucedido, sino entender lo que ha provocado y lo que va a provocar en nuestras vidas este cambio en el poder económico.

Esta parte del artículo es el fundamento necesario para quien quiera entender lo que desde hace años está sucediendo en nuestro país, España. Sin esta iniciación sería imposible analizar la pérdida de bienestar que estamos sufriendo.

 

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