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* Por José Carlos Canalda.

Justo un año después de la publicación de La familia Villafranca y Miguel de Cervantes1 Emilio Maganto vuelve a regalarnos con un nuevo libro de temática cervantina dedicado en esta ocasión, tal como reza el título, a la partida de bautismo del autor del Quijote, uno de los documentos cervantinos más importantes, si no el que más, y también una de las principales joyas del patrimonio complutense. Escrito en un lenguaje ameno y didáctico, permite familiarizarse al lector con temas tan especializados como la paleografía, lo cual no es en modo alguno un mérito menor.

En realidad este libro no es sino la continuación o ampliación del prólogo del anterior, en el que bajo el títuloReivindicación de la auténtica investigación biográfica de Miguel de Cervantes, el doctor Maganto salía al paso de las peregrinas teorías que todavía a estas alturas, por sorprendente que parezca, siguen pretendiendo cuestionar el nacimiento de Cervantes en Alcalá. Y aunque este prólogo ya era suficientemente tajante y sus argumentos documentales no podían ser más rotundos, el hecho de que estos seudohistoriadores continúen porfiando con sus delirantes argumentos, con esa audacia de la que sólo es capaz la ignorancia, ha movido al doctor Maganto a dar una nueva vuelta de tuerca a algo que ya estaba sobradamente demostrado desde hace doscientos cincuenta años, la alcalainidad de Miguel de Cervantes.

No voy a repetir lo que ya dije en su día puesto que sigue siendo totalmente válido, pero sí quiero resaltar que en su nuevo libro el doctor Maganto hace un análisis pormenorizado de la partida de bautismo alcalaína comparándola con las de sus hermanos y familiares que también se encuentran en el mismo libro parroquial, por desgracia el único que se conserva al haberse perdido los archivos de la parroquia de Santa María la Mayor en 1936. Su investigación paleográfica no queda aquí, puesto que también realiza un minucioso estudio de la caligrafía del bachiller Serrano, el sacerdote que bautizó a Cervantes, en la totalidad de las partidas, veintiocho en total, en las que aparece escrito Miguel (niños, padres o padrinos), con objeto de rebatir las críticas de quienes pretenden  que en este documento no aparece el nombre del escritor, o bien que figura otro distinto.

A ello hay que sumar, como primicia dentro de las investigaciones cervantinas, un detallado estudio histórico e iconográfico de todas las imágenes de la partida -casi una veintena entre facsímiles y fotografías- realizadas desde 1852 hasta su última restauración, lo que permite hacer un seguimiento del deterioro del documento a lo largo del tiempo, a la vez que le sirve al autor, tal como ha sido comentado, para rebatir a quienes niegan que en ella aparezca el nombre de pila de Miguel de Cervantes. Por último, al doctor Maganto todavía le queda espacio para hacer un minucioso seguimiento de la larga lista de detractores que, desde 1765 hasta ahora mismo, han intentado rebatir las tesis del cervantismo ortodoxo.

Gracias a todo ello el doctor Maganto desmonta con absoluto rigor las diferentes teorías que basan sus argumentos en una presunta falsedad de la partida, demostrando asimismo que ciertos inoportunos añadidos anacrónicos, ya considerados por cervantistas anteriores, no ocultan su autenticidad, así como que su grave deterioro a lo largo del tiempo justifica también algunas presuntas anomalías que en realidad no resultan ser tales.

Es de alabar el tesón y el rigor del doctor Maganto, cuya metodología científica no puede ser más rigurosa y precisa; nada que ver, evidentemente, con las burdas chapucerías y las insólitas interpretaciones, cuando no ya falsedades, de todos estos seudocervantistas que parecen seguir empeñados en negar evidencias tan tajantes como las aportadas desde hace dos siglos y medio por una pléyade de insignes cervantistas de los que Emilio Maganto es digno continuador.

Da igual, nunca se les podrá convencer ni, con toda seguridad, se dejarán convencer. Por desgracia, la ignorancia y el oscurantismo siguen campando por sus respetos en esta sociedad del siglo XXI a la que se le supone racional. Al fin y al cabo, los añejos defensores de un Cervantes nacido en Alcázar de San Juan -en el colmo del disparate el ayuntamiento de esta localidad manchega tuvo la desfachatez de nombrarle “hijo predilecto” en fecha tan reciente como noviembre de 2014-, a los que se han sumado más recientemente quienes postulan su origen sanabrés en base a unas peregrinas interpretaciones del Quijote o, ya rozando el delirio, los que pretenden hacerle catalán y nacionalista, no son en el fondo muy diferentes de aquellos que a estas alturas siguen negando la Teoría de la Evolución, creen a pies juntillas los embustes de los astrólogos y demás ralea de videntes varios, siguen empeñados en defender a machamartillo la existencia de los ovnis, están convencidos de que un curandero les puede salvar de un cáncer, o siguen a pies juntillas creencias medievales. Todo ello adobado además, por si fuera poco, por esa paletería rancia, más propia del siglo XIX que del XXI, que acostumbra a desdeñar todo aquello que no se alcance a vislumbrar desde lo alto del campanario de su pueblo.

Aunque probablemente tampoco merezca la pena ni intentarlo siquiera. El problema estriba en que estos individuos suelen compensar su ignorancia y su falta absoluta de rigor científico con una tozudez berroqueña que acaba poniendo a prueba la capacidad de aguante de cualquiera, al tiempo que intentan compensar sus disparates y su falta de argumentos válidos -ni siquiera en esto son originales- con una furibunda descalificación a priori de las tesis rivales. Y si la ocasión lo requiere, echarán mano además del socorrido recurso a la conspiranoia, según la cual serían víctimas de una conspiración -en el caso que nos ocupa presuntamente orquestada por el cervantismo científico- que pretende silenciarlos, ocultando sus descubrimientos vete a saber por qué ocultos motivos… nada nuevo bajo el sol, si tenemos en cuenta que ya a los cristianos se les culpó del incendio de Roma del año 64, a los judíos de la Peste Negra del siglo XIV y, más recientemente, vemos cómo han triunfado conspiranoias disparatadas tales como las vinculadas al asesinato de Kennedy, a los atentados de las Torres Gemelas y del 11-M o, dentro ya del marco científico, la que niega que las misiones Apolo llegaran a la Luna o la que afirma que el gobierno norteamericano mantiene guardados a cal y canto los restos de un platillo volante y de sus tripulantes, por poner tan sólo algunos ejemplos.

En lo que a mí respecta, no sólo no presto la menor atención a estos mistificadores de la historia, sino que además estoy convencido de que resulta contraproducente darles cuerda concediéndoles sus quince minutos de gloria. El problema estriba en que algunos medios periodísticos, y no sólo locales sino sobre todo un diario nacional que, por si fuera poco, presume de serio, les vienen dado cancha, desconozco por qué, con el consiguiente riesgo de intoxicación informativa, algo que por desgracia es demasiado frecuente en estos tiempos convulsos que atravesamos; pero es lo que hay.

Hace bien el doctor Maganto en su esfuerzo por aportar rigor científico a los estudios cervantinos que, pese a lo que pudiera creerse, todavía hoy siguen aportando descubrimientos interesantes. En cuanto al quijotesco empeño en rebatir sandeces, por muy justificado que pueda estar, mucho me temo que la razón siempre seguirá tropezando con el oscurantismo y la necedad.

 

 

1 Ver también: La familia Villafranca y Miguel de Cervantes. Un nuevo libro cervantino de Emilio Maganto