* Por Luis Vargas Méndez.

Abro el periódico y leo que Artur Mas anuncia que ha rehecho el pacto de unidad entre partidos y entidades para culminar el proceso soberanista hasta la victoria y que nacionalistas y republicanos, aunque concurran a las urnas separadamente, mantienen una hoja de ruta compartida que incorporan a los programas electorales y que la campaña comenzará el día 11 de septiembre, coincidiendo con la diada.

Diada que conmemora la toma de la ciudad de Barcelona por las tropas borbónicas al mando del duque de Berwick, en el transcurso de la Guerra de Sucesión española, y que finalizaría con la abolición de las instituciones catalanas, si bien habría de matizarse que la Cédula Real de Nueva Planta de la Real Audiencia del Principado de Cataluña, a modo de ejemplo, establece que se respetarán las constituciones y prácticas previas y que los letrados fuesen expertos en legislación y lengua catalana, estableciendo el castellano como lengua jurídica y eliminando los privilegios por nacimiento.

El héroe nacional Rafael Casanova (Conseller en Cap de Barcelona), objeto de ofrenda floral el 11 de septiembre, se distinguió ondeando el estandarte de Santa Eulalia y tras resultar herido, pudo escapar disfrazado de fraile y esconderse en la finca familiar de Sant Boi de Llobregat, posteriormente recibiría el perdón y volvió a ejercer su profesión de abogado pasando a mejor vida un dos de mayo, también es casualidad, 32 años después de la rendición de Barcelona.

En definitiva habría que matizar que esta guerra como en otros casos del pasado, enfrentaban la ambición de Borbones y Habsburgos en el contexto de la geopolítica europea aunque no olvidemos que eran casas reinantes emparentadas.

Y es que en términos generales, el patriotismo es el último refugio de los granujas, y si alguien lo duda que se lo pregunten a los molt honorables que acuden a las comisiones de investigación en el Palau de la Generalitat.

La confusión histórica produce ideales y personas a los que se les acompaña de méritos históricos no acordes con la realidad, que suele resultar mas de andar por casa, pero como alguien dijo “la historia no la cambian ni los dioses, la cambian los historiadores”.

Si algo nos queda claro tras la transición y el Estado de las Autonomías es que el separatismo es una enfermedad política oportunista, que afecta a los organismos mas débiles que tratando de contentar y restar argumentos a los separatistas, consiguen acelerar la dispersión y se termina deslegitimando a las instituciones que podrían actuar de contrapeso, de suerte que la descentralización termina transformándose en un insostenible estado de los nacionalismos que afirman sus ambiciones particulares por encima de los derechos de los demás.

Los separatistas se terminan comportando de forma insoportable, vanagloriándose de sus excelsas virtudes frente a la vulgaridad del común de los demás, cualquier intento por atemperar su “excepcionalidad” se interpreta como una agresión a su cultura, como cuando los Tribunales reconocen el derecho a ser educados en castellano sin eliminar el derecho de aquellos que prefieren el catalán como lengua vehicular, cuando, en mi opinión, en el campo educativo no debe ser el objetivo que se conozcan las dos lenguas por igual, sino que se asegure el conocimiento de la lengua común y se permita el libre uso de la local, toda vez que una constituye el “patrimonio común” de todos los españoles y la otra es un “derecho” de todos aquellos que así lo quieran en Cataluña.

El mal no consiste en dejar estudiar como se quiera, sino en impedir estudiar en una lengua distinta y que resulta ser la común del estado, olvidando que la educación no solo tendría que poner su acento en la pluralidad de España, sino también en todos los elementos comunes que nos unen y debemos compartir.

No se debe entender como una agresión cualquier reducción de su excepcionalidad, no es una agresión a su cultura, simplemente se trata de hacer compatibles distintos valores ciudadanos en el entorno de la convivencia y del sentido común.

Tampoco puede ser de recibo hacer depender de motivaciones económicas la permanencia o salida de España, caldeando un sentimiento victimista en oposición a la “marca España”, tomando como base falaces balanzas fiscales que adjudican ingresos y obligaciones vistos al microscopio cuando deben ser analizados con telescopio o ¿acaso es mas catalán el euro que gasta un extremeño al comprar un cava del Penedes o un madrileño al pagar el recibo del gas a una sociedad con sede social en Barcelona?.

El deseo de celebrar una consulta solamente en Cataluña, que debería obligar a replantearse todo el estado español, se presenta como un derecho irrenunciable del pueblo catalán, con ignorancia del hecho de que se estaba privando al resto de los españoles de una parte de España, entendida como el estado nacional del que somos ciudadanos, toda vez que implica la exclusión del derecho a decidir del resto de España sobre algo que indudablemente nos afecta a todos.

Nos encontramos con que se puede ser vasco, catalán, andaluz, madrileño …, sin problemas pero ¡ay!  si lo que se pretende ser es español, ahí empiezan los problemas salvo que seas una estrella del deporte y según en que contexto.

Hay quienes plantean cambiar la Constitución del 78 con la finalidad de sacralizar las diferencias en lugar de establecer unos derechos y obligaciones iguales para todo ciudadano, ven en el federalismo una solución, pero la forma federal se basa en la lealtad al conjunto del Estado y tiene su razón de ser en unir a quienes estando separados desean juntarse, pero no a quienes estando unidos pretenden una escusa para separarse y es chocante que sean aquellos que dicen tener una visión progresista, los que olviden que los únicos “derechos históricos” por lo que merece la pena luchar están en alcanzar un futuro mejor y no en el pasado.

La libertad no puede limitarse, como opinan los separatistas, a decidir quien tiene derecho a decidir y quien no, los nacionalistas pretenden que nos movamos al son de su música y la libertad llevada a un extremo es origen de injusticia.

En fin y por despedirme del amable lector con una pizca de lamento, ya decía Napoleón que nunca debe atribuirse a la conspiración, lo que bien podría explicarse por la incompetencia.

LUIS VARGAS MÉNDEZ abogado.

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