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José Carlos Canalda te explica las visicitudes del nacimiento del Río Henares:

De siempre han sido comparados los ríos con los hombres, como muy bien recordara siglos ha el gran poeta castellano Jorge Manrique; y si los hitos más importantes del devenir humano son el nacimiento a la vida y el postrer pasar la hoja de la muerte, nada distinto puede decirse de unos ríos que, surgidos de un humilde manantial en tierras montañosas, van a dar a la mar o a otro río mayor, que es su morir.

Quizá se necesite ser algo poeta para poder llegar a comprender la magia de los ríos, quizá baste únicamente con poseer esa sensibilidad que sólo se puede alcanzar viviendo en contacto con la naturaleza alejándose de la frenética e inhóspita vida de las enormes metrópolis modernas; lo cierto es que los nacimientos de los ríos muestran un encanto especial sólo para aquéllos que sepan apreciarlo, sobre todo si se trata de un curso de agua con el que se mantienen especiales vínculos familiares. Y el viajero, nacido a la vera del Henares allá donde sus aguas lamen los cimientos de la histórica ciudad complutense, no podía en modo alguno eludir la responsabilidad de buscar el origen del brioso arroyuelo que, más de cien kilómetros aguas abajo, vendrá a remansarse perezoso en las presas alcalaínas antes de rendir en igualado pugilato sus aguas a su hermano, antes que padre, Jarama.

La villa de Horna, donde a decir de los geógrafos tiene sus fuentes el Henares, es uno de tantos pequeños pueblecitos perdidos en la vasta soledad de la España rural, apenas un arrugado y oscuro terrón que sobresale tímidamente de entre los ocres campos que lo rodean por doquier. Pero es allí donde se encuentra la meta del viajero, y hacia allí ha de dirigirse buscando el origen de las aguas de las que tanto disfrutara durante su niñez antes de que el mal entendido progreso acabara emponzoñándolas quizá ya de forma irreversible. Y del caserío podrá ir fácilmente al manantial, no muy lejano, a través de un corto camino que, tras cruzar sobre la antigua trinchera del ferrocarril hoy desviado unos centenares de metros más acá, acaba en una fresca alameda que anuncia a distancia el origen de nuestro río cual si de un mojón verde se tratara; camino indicado al desorientado viajero por una amable lugareña indignada además -o al menos eso le hace entender- por el robo de agua a que se ve sometido el pueblo por parte de alguien no especificado pero que a éste no le costará demasiado esfuerzo identificar con la cercana ciudad de Sigüenza.

Allí está, en forma de un amplio prado de varias decenas de metros de diámetro, todo encharcado puesto que en el mismo el agua mana literalmente por todos los lados… Allí mismo nace el Henares no con timidez ni mansedumbre sino con el aplomo y el vigor de quien sabe que con el tiempo vendrá a convertirse en poderoso.

En rigor son varios los manantiales principales que forman al reunirse la amplia zona encharcada que al final acaba encauzándose en un estrecho y cantarín arroyuelo… Poca, muy poca de la corrompida agua que el Henares entrega al fin al Jarama tiene realmente su origen en este lugar; pero resulta sin duda suficiente para demostrar la afinidad existente entre todas las tierras que conforman el valle del Henares, desde estas ásperas estribaciones de la Sierra Ministra hasta las yermas terreras de allende Alcalá donde el Henares encuentra su triste final.

No abundan las muestras de actividad humana en aquel pequeño circo rodeado de suaves elevaciones en todo su derredor a excepción, claro está, del lugar por el que lo abandonan las aguas: Una caseta y varios pilones que evidencian la potabilidad del agua que allí mana, un inútil cartel prohibiendo el baño en un lugar en el que el agua alcanza a cubrir a duras penas los tobillos, unas ruinas inidentificables al pie del neonato río y, por último, un mojón de piedra fechado en 1877 proclamando la ubicación del origen del Henares. Se trata, pues, de un lugar tranquilo y habitualmente solitario a excepción del período estival durante el cual tampoco consigue verse libre de esa plaga veraniega que, surgida de las ciudades a modo de marea que todo lo anega, llega hasta él convirtiéndolo temporalmente en una burda caricatura de sí mismo.

Al viajero le resulta curioso y, por qué no confesarlo también excitante, comprobar cómo aquel apacible y respetable río de sus infancias complutenses, aquella grave corriente de agua que tan poderosa le pareciera antaño, tiene un modesto inicio cual si de un simple mortal se tratara… Acá tierra sólida y enjuta; allá, apenas a unos centímetros de distancia y oculto su origen por unas espesas matas crecidas al aliento de la abundante humedad, un poderoso caño de agua cantarina todavía libre de todo asomo de contaminación humana.

No es difícil de suponer la imperiosa necesidad que le invade al viajero de cumplir con el rito de beber de sus aguas generosas… Todo un símbolo ciertamente para todo aquél que esté convencido de que los ríos y los hombres tienen mucho en común. Y así, una vez que el viajero haya visto saciada su curiosidad, podrá retornar a la acogedora ciudad de Sigüenza, apenas a doce kilómetros río abajo. El Henares será ya para él mucho menos divino pero, en compensación, mucho más humano. Y, ciertamente, el cambio habrá merecido la pena.

Han pasado ya bastantes años cuando retorna el viajero al nacimiento del Henares con el deseo expreso de recordar estos parajes y también, justo es reconocerlo, de inmortalizarlos con su nueva cámara digital. En mala hora lo hiciera. Pese al tiempo transcurrido casi todo sigue igual a como él conserva en sus recuerdos: el minúsculo caserío de Horna, arracimado en torno a su prominente iglesia; el camino, que sigue atravesando la abandonada trinchera del ferrocarril por el estrecho puente; el pequeño circo, apenas una dentellada en las romas laderas de la Sierra Ministra, que sirve de cabecera al valle; los majestuosos castaños que, arraigados junto al manantial, semejan ser su secular guardia de corps… casi todo, excepto lo más importante.

El manantial, descubre el viajero con sorpresa y, ciertamente, con un profundo desagrado, está ahora completamente cercado por una horrible verja metálica que, con la excusa de protegerlo -es lo que reza en un cartel-, lo ha convertido en un triste prisionero en mitad del incipiente valle que lleva avenando desde hace milenios. Cabe suponer que tamaño atentado haya sido realizado con buenas intenciones, pero lo cierto es que el resultado no ha podido ser más nefasto tanto desde el punto de vista paisajístico -es de todo punto imposible hacer una fotografía panorámica- como de respeto al propio río, dado que los soportes interiores de la inoportuna verja hunden impúdicamente sus anclajes de hormigón a la vera misma de donde brota el agua, sin que ni tan siquiera se haya respetado una mínima distancia.

Desconcertado y dolorido, el viajero rodea a la plebeya jaula por un lado y por el otro, en un vano intento por encontrar siquiera un resquicio que le permita contemplar el nacimiento sin tapujos; mas resulta inútil, puesto que el encarcelamiento ha sido realizado a conciencia. Así pues deberá resignarse a retroceder sobre sus pasos, lamentándose de tan poco afortunada iniciativa… aunque, pensándolo bien, quizá sea el neonato Henares quien se encuentra en realidad libre de perturbaciones, siendo nosotros los verdaderos prisioneros de esa plaga mal llamada civilización, que tanto nos ha alejado de nuestras raíces ancestrales.

José Carlos Canalda