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José Carlos Canalda ha estudiado – entre otras cosas- el arrabal de la Cruz Verde, que como muchas áreas de Alcalá de Henares tiene su particular idiosincrasia.

Aunque actualmente se entiende como arrabal al barrio periférico de una población, en ocasiones con connotaciones negativas de barrio bajo, en su momento este término se aplicaba a los barrios surgidos extramuros de las ciudades y, por lo tanto, privados de la protección que otorgaban las murallas.

Esta dinámica urbanística era lógica en los siglos en las que las poblaciones estaban cercadas, primero con carácter defensivo y posteriormente, hasta bien entrado el siglo XIX, por razones fiscales, dado que los ayuntamientos aprovechaban que tan sólo se pudiera entrar y salir en ellas por un número reducido de puertas para cobrar en ellas los impuestos y las tasas municipales a las mercancías. Y como en ocasiones el crecimiento de las ciudades desbordaba el anillo que las encerraba, ya en la Edad Media comenzaron a surgir los barrios extramuros, o arrabales.

En general, y esto es algo que incluso en ocasiones hasta los propios historiadores profesionales confunden, el crecimiento de los arrabales solía ir por delante de las posibles ampliaciones de las murallas, una intervención urbanística evidentemente cara que tan sólo se solía realizar, y eso cuando se realizaba, una vez que los nuevos barrios extramuros habían adquirido ya la suficiente importancia como para que interesara cercarlos, y nunca antes; lo que no impedía que, con bastante frecuencia, incluso ciudades de la importancia de Ávila o Segovia dejaran a sus arrabales sin la protección de las murallas.

En el caso de Alcalá el arrabal más importante fue el de Santa María, situado más allá de la actual plaza de Cervantes, donde hasta mediados del siglo XV acababan las murallas, y nucleado en torno a la parroquia medieval de este nombre, ubicada originalmente en la esquina de la plaza de San Diego con la calle de este mismo nombre y trasladada por el arzobispo Carrillo, a mediados del siglo XV, a lo que ahora se conoce como la Capilla del Oidor. La antigua parroquia, profundamente reformada, sería durante siglos la capilla del convento de San Diego, siendo demolida a la par que éste a mediados del siglo XIX para la construcción en su solar del cuartel del Príncipe.

Pero en esta ocasión no vamos a hablar del arrabal de Santa María, sino de otro mucho menos investigado pero no por ello menos interesante, el de la Cruz Verde, también denominado de Santiago por algunos autores. Este arrabal, asentado donde al parecer estuvo el cementerio musulmán durante la Edad Media, ya está documentado a principios del siglo XVI, aunque existen indicios de que su origen pudiera remontarse, siquiera de forma limitada, hasta la época tardomedieval, dado que era habitual que surgieran pequeños núcleos de edificaciones -los embriones de los futuros arrabales- junto a los caminos que arrancaban de las puertas de las murallas. En cualquier caso, presenta unas características singulares que merece la pena resaltar.

Para empezar está la cuestión de su nombre, que yo he tomado de la plaza que constituía uno de sus dos principales puntos de comunicación con el resto de la ciudad. Como es sabido la Cruz Verde era el símbolo de la Inquisición, lo que hace suponer que la sede alcalaína de esta institución estuviera radicada allí, aunque nada se conoce -o al menos yo no conozco- al respecto. Posiblemente ésta pudo estar situada en las cercanías de las calles de Escobedos y del Moral aunque, vuelvo a repetir, se trata de una mera hipótesis ya que no nos ha llegado ninguna documentación al respecto. Y como tampoco se conserva ninguno de los edificios originales de la plaza ni, que yo sepa, se hizo estudio arqueológico alguno cuando éstos fueron derribados, tan sólo nos queda la posibilidad de especular.

Para el estudio de este barrio me he apoyado en el plano que acompaña al libro Análisis de Alcalá de Henares, publicado en 1948 por el Instituto de Estudios de Administración Local dentro de la serie Estudio de las poblaciones españolas de 20.000 habitantes. No obstante su año de publicación el plano ha de ser bastante anterior a éste, dado que en él aparecen detalles tales como la planta completa del Palacio Arzobispal, desaparecido en su mayor parte en el incendio de 1939. En cualquier caso, y aunque se trate de un plano del primer tercio del siglo XX, como todo parece indicar, no cabe esperar demasiadas alteraciones urbanísticas, respecto a las centurias anteriores, en lo que entonces era un barrio periférico -¡quién lo diría ahora!- de la ciudad.

El barrio, de forma trapezoidal, tenía tres de sus cuatro lados perfectamente delimitados: al sur, la ronda de la muralla, actual Vía Complutense. Al norte, el eje formado por la calle Daoíz y Velarde. Y al oeste, la calle del Moral -la carretera de Daganzo, actual calle de Luis Astrana Marín, no fue construida hasta mediados de la década de 1940-, que lo separaba de las huertas que ocupaban lo que hoy es el parque O’Donnell.

Más complicado resulta discernir su límite oriental, dado que la apertura a mediados del siglo XIX del Paseo de la Estación sobre el antiguo camino de Gilitos provocó su expansión hacia esa zona. Probablemente el arrabal original acabaría en el eje formado por las calles del Ángel y Talamanca, aunque cabe de suponer que con el tiempo pudiera ir extendiéndose hacia las calles de los Gallegos y Flores con anterioridad al crecimiento provocado por la llegada del ferrocarril. No obstante, hasta que tuvo lugar la gran expansión urbanística de Alcalá a partir de la década de 1960, la zona situada más allá de las calles Flores y Navarro y Ledesma -de esta última tan sólo existía el tramo sur, ya que el tramo norte, entre Navarro y Ledesma y Flores es de nuevo trazado- estuvo formada en su mayor parte por fincas y casas de labor como la desaparecida Quinta de San Luis, conservando un marcado carácter semirrural hasta ser devoradas por la expansión urbana de Alcalá.

Fijémonos en el plano, porque de éste podemos sacar una información bastante interesante. El barrio, pese a ser relativamente amplio en relación con el recinto amurallado, apenas si tenía vías urbanas. Además de las perimetrales, contaba con el eje central de la calle de Don Juan I, entonces llamada Empedrada, que lo atravesaba de parte a parte cruzando desde la Cruz Verde hasta la calle Talamanca. De ella partía, a mitad de camino, la de Salinas, que conducía a la ronda norte, actual Daoíz y Velarde.

La red viaria se completaba con otras dos calles de menor importancia. La primera de ellas era la de Escobedos, paralela a la del Moral y unida a ésta por la corta y estrecha travesía del mismo nombre. Resulta llamativo -volveremos más adelante sobre este tema- que, en lugar de dirigirse directamente a Daoíz y Velarde como hubiera parecido lógico, doblara en ángulo recto poco antes de llegar a ésta, confluyendo finalmente con ella, junto con la de Salinas, en la plazoleta en la que tiempo atrás estuvo situada la báscula municipal.

La segunda calle era la de San Félix de Alcalá, entonces llamada de la Huerta del Judío -retengamos también este dato-, también muy secundaria, que discurría entre la Vía Complutense y la pequeña plazoleta donde la calle del Ángel pasa a denominarse Talamanca.

Y eso era todo, puesto que el resto de las calles actuales, que tampoco son demasiadas -pasaje de Escobedos, Resurrección y Pintor Picasso- datan, como muy pronto, de mediados del siglo XX, por lo que no aparecen en el plano.

Consideremos ahora este núcleo en el entorno de la Alcalá, si no medieval, sí cuanto menos renacentista. Las puertas que se abrían en la parte norte de la muralla eran tres: la puerta de Burgos, sustituida en el siglo XVII por el arco de San Bernardo; el postigo de la Morería, o del Rastro Viejo, en la calle de Diego de Torres frente a la plaza de la Cruz Verde, y la puerta de Santiago, o postigo de los Judíos, en la plaza de Atilano Casado.

De todas ellas la principal era, con diferencia, la de Burgos, ya que era la que comunicaba directamente el barrio cristiano, nucleado en torno a la parroquia de San Justo y el Palacio Arzobispal, con el camino que conducía, vía los puertos de Navacerrada y Somosierra, a Segovia y Burgos. Su trazado se sigue reconociendo hoy fácilmente a través del Paseo de los Pinos y, a partir del Chorrillo, de la carretera de Daganzo.

Las otras dos puertas eran más secundarias, dándose la circunstancia, tal como se deduce de sus nombres, que ambas se abrían respectivamente en el barrio musulmán, o Almanjara, que abarcaba desde el Palacio Arzobispal hasta el final de la calle de Santiago, limitado por la muralla al norte y esta calle al sur, y el judío, vertebrado en torno a la calle Mayor y la del Tinte. Sin embargo, en la puerta de Santiago -denominación más tardía, puesto que la calle homónima fue remodelada a principios del siglo XVI por el cardenal Cisneros- se iniciaba un camino que, a través de las actuales calles del Ángel, Talamanca y Torrelaguna, confluía con el de Burgos en el Chorrillo. Este camino se convertiría, en su primer tramo, en una de las principales calles de este barrio extramuros.

 

José Carlos Canalda, 2016

 

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