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Muchos de los que se dedicaron a estudiar el comportamiento de las personas, deben sentirse completamente decepcionados y abatidos por lo que han percibido durante todos los años que han empleado en esa investigación. Otros, sin embargo, habrán sabido abstraerse de lo aprendido para dedicarse al provecho personal de las debilidades que han detectado.

Yo no soy ningún experto en prácticamente nada, y mucho menos en saber a ciencia cierta cómo y por qué el ser humano acciona y reacciona ante las cosas de la manera que lo hace.

Me considero un mediocre observador del mundo en el que vivo, aun así, he terminado por creer que esta mediocridad, dadas las circunstancias, no deja de ser un valor importante en una sociedad donde a una gran parte de los individuos se les ha olvidado que son beneficiarios de la virtud que contiene la capacidad de pensar.

La mayoría de las personas que componen esta colectividad, y me refiero a la española, han vivido mejor que cualquiera de sus antepasados. No han tenido que sufrir los desastres de las guerras, posguerras y  enfermedades simples que han estado maltratando y matando durante toda nuestra historia a nuestros parientes lejanos. A nosotros se nos ha ofrecido la paz, la salud, y la posibilidad de una formación digna. Aún así, no parece que estas bondades nos hayan hecho mejores que aquellos que tenían que trabajar de sol a sol para poder comer.

Olvidamos con demasiada facilidad de dónde venimos. Olvidamos, lamentablemente, que hace sólo un siglo llegar a los cuarenta años de vida, era prácticamente imposible.

Recuerdo, y creo que escribí sobre ello, que en el segundo año de esta crisis –que seguimos sufriendo- y cuando todavía nadie sabía hasta donde podría llegar en el tiempo, medité largo y tendido sobre la posibilidad de encontrar, en  una tragedia que afectaba a tantas personas, alguna consecuencia positiva. Les aseguro que  llegué a una conclusión en la que creía firmemente –hoy sé que es falsa- : Esto nos hará más fuertes, más solidarios y más auténticos, porque, pensaba entonces,  entenderíamos a través de este sufrimiento quienes somos, de dónde venimos, y cuál es nuestra ubicación en este rompecabezas que es la convivencia.

Tengo que decir, que no he percibido -y me duele en lo más profundo de mi alma-, salvo en un porcentaje pequeño de personas, que la experiencia no ha hecho que entendamos mejor el funcionamiento de la economía compartida en un sistema democrático. Es decir, no acabamos de entender, cuál es el principio de la solidaridad reglada.

Hace poco más de dos meses, en un programa de televisión que se emite por las mañanas y que  se dedica a diario, entre otras cosas, a informar sobre  política y economía, elegían el mundo de las enfermeras para hacer una comparativa entre lo que ganaba una persona ejerciendo su profesión en Madrid con respecto a otras que habían decidido trasladarse a Londres. Acto seguido, apareció en pantalla una mujer que pertenecía al grupo de las que, de momento, se mantenían trabajando, en este caso en un Hospital de Madrid. La primera pregunta, hecha por la moderadora del programa, fue la siguiente: ¿Cuánto dinero gana usted al mes? La respuesta no se hizo esperar: 1400 €.

La presentadora, ante esa respuesta, no dijo nada, los tertulianos, profesionales ellos de tantos y tantos temas, sobre todo económicos, tampoco. Los comentarios posteriores, creo recordar que se hacían en base a la comparación sobre lo que ganaban aquellas que habían tomado la decisión de irse a otros países, y digo creo recordar, porque mi mente no salía en ese momento de su asombro. Ninguno de los presentes dijo “esta boca es mía”. No podía seguir viendo nada más. Estaba asombrado, había resuelto un enigma del que no había sabido salir hasta ese mismo instante. Acababa de darme cuenta de que los medios no sólo manipulaban tanto como yo creía, si no que, a pesar de las decenas de programas, a pesar de las decenas de economistas y políticos que habían desfilado como en una pasarela por esos mismos programas, evidentemente sin aclarar absolutamente nada, también ignoraban que los detalles son el punto de inflexión entre lo real y lo falso, por eso a nadie le pareció de interés poner las cosas en su sitio. O lo que es peor, nadie tenía ni puta idea de nada.

Disculpen aquellos que se estén sintiendo molestos por estas palabras, ya les he dicho que no me considero un ejemplo para dar lecciones, aunque puedo asegurar que mi aportación ante tanta hipocresía y demagogia es denunciar a través de mis cartas la sorprendente involución que muestran casos como el que acabo de exponer.

Porque vamos a ver, podría comprender que si  alguien te pregunta con cuánto dinero vives, o cuanto cobras, la respuesta de los 1400 € podría considerarse normal, pero si te preguntan cuánto dinero ganas, como es el caso, no se puede estar al margen de, por una parte, el desglose de las dos pagas extras, que supongo no se estarían contando, y que añadirían 250 € más. Los aprox. 300 € de la retención de los impuestos, y por la otra, los no menos de 900 € de la seguridad social. Al final, la cifra de 1400 € que había dado como respuesta la enfermera como ingresos mensuales, se revalorarían a 2850 € como mínimo, que serían  los ingresos de verdad de esta profesional. Claro que, no parece que la voluntad de ningún gobierno, sea del color que sea, esté en el camino de aclarar a la ciudadanía cual es la realidad del coste de un trabajador para la empresa que le tiene contratado, seguramente porque es más rentable en el plano político que la gente perciba que la seguridad social y la educación son gratuitas.

Por sucesos como este, es por lo que insisto y seguiré insistiendo, en que la única forma de plantar cara al populismo es hablar de la realidad. Es cierto que hablar de las realidades requiere de un esfuerzo que a la postre no va a hacernos más felices, pero también lo es, que si seguimos viviendo entre eufemismos, demagogia, hipocresía y postureo, sin hacer nada al respecto, estaremos contribuyendo a una involución que no merecen esos antepasados de los que antes hacía mención. Si no intentamos ponernos al día, si no levantamos nuestra voz ante tanta mentira y manipulación, terminaremos por olvidarnos que aquellos de donde venimos pertenecieron a la raza humana.

Miguel Ángel López Álvarez

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