Aunque parezca paradójico por el devenir de los acontecimientos, el jueves 11 de marzo de 2004 amanecí en la ahora arrasada ciudad de Alepo en el norte de Siria. Desde siempre había querido visitar el lugar en el que Simeón el Estilita había pasado 37 años de su vida.  Nada anormal hacía presagiar el “día” después, y yo contaba con la ventaja horaria.

Un grupo de españoles subimos en un microbús con destino a las ruinas. El grupito, procedente de diversas partes de España era reducido – temporada baja- y diverso, porque la inminencia de las elecciones – yo ya había votado por correo-, había permitido enseñar la conciencia política de cada uno durante los días previos. Un minúsculo grupo de catalanes  había dejado patente su posicionamiento por Carod Rovira.

Traqueteábamos por una no muy buena carretera cuando un profesor de arte extremeño recibió “la llamada” de su mujer desde España anunciándole las bombas, así como los primeros cuatro muertos. Recuerdo que ya entonces el profesor manifestó que al otro lado del teléfono le habían dejado claro que Atocha había sido destrozada.

Esto es como el cáncer, siempre piensas que este tipo de cosas les pasan a “otros”, pero nunca a ti, porqué ¿Por qué te tiene qué pasar a ti con lo grande que es el mundo?; pero sucedió….

Fueron instantes tensos y muy rápidos en los que ecordé que la semana anterior había cogido el tren muy temprano con un familiar en primer grado – que era usuario habitual del servicio de trenes en ese franja horaria- , y tuve un mal presentimiento –aunque en el fondo pensaba que no podía haber sucedido nada-.

Rebusqué el teléfono móvil y marqué aceleradamente a mi familia. La contestación fue rápida, oía lloros, aunque la voz del familiar que me atendió era nerviosa pero no dramática. Me decía: “ha habido muertos, bombas, etc,,,, ¡¡¡E.T.A, dicen que ha sido E.T.A!!!, – eran los primeros momentos- pero no me decía nada de mi familiar.

Inquirí preocupado al borde de la histeria, y obtuve la respuesta: -No le ha pasado nada, está bien, le han llevado a la Basílica de Nuestra Señora de Atocha, acabamos de hablar por teléfono y está bien, puedes llamar por teléfono, lo coge”- respondieron desde España. El alivio recorrió mi cuerpo y permanecí en silencio unos instantes intentando asimilar la situación.

Volví a tirar de móvil y llamé a mi familiar. Vi tranquilidad aunque me decía que no podía mover bien la espalda y que no oía por uno de los oídos – el tímpano se le curó aunque la espalda le sigue dando guerra de vez en cuando- .  De fondo escuche angustia y algún grito, pero yo me tranquilice………- después ya no conseguiría hablar más por teléfono hasta la tarde-. Entonces pensé en volver a España pero lo descarté, porque tenía programada mi vuelta para el Martes 16 de Marzo.

En el microbús en el que viajaba, estalló una pequeña batalla campal que tuvo a los independentistas catalanes como blanco de las críticas. Estos – los independentistas- se resarcirían los días posteriores según evolucionaban los acontecimientos.

Mi familiar tuvo la suerte de la que carecieron muchísimas personas. En su vagón estalló una de las bombas, pero justamente en el extremo opuesto del lugar en el que se encontraba. En el vagón contiguo también estalló otra de las mochilas, pero también en el otro extremo.

Quedó inconsciente y fue sacado por dos “valientes”, que tuvieron los huevos suficientes como para entrar en un vagón sin saber si podía haber más artefactos pendientes de explotar. Mi familiar se despertó en las vías del tren y entró al vagón a recoger sus efectos personales. Ahí vino lo malo: olor a carne quemada,……. una mujer con la pierna mutilada….;.recuerdos macabros que siempre estarán presentes.

Evidentemente la visita histórico/artística a la columna de Simeón ha dejado en mí un amargo recuerdo. Esa tarde, de paseo por el zoco de Alepo recuerdo el calor de los sirios hacia los españoles “many blood in Madrid this morning”, me decía en un torpe inglés un comerciante mientras negociábamos – bueno regateabamos- el precio de un souvenir………

Fue por la noche, viendo el canal Internacional de TVE cuando empecé a asimilar los efectos devastadores que el atentado tuvo en Alcalá. El programa dio importancia a nuestra ciudad y de repente apareció Bartolo en la pantalla explicando la tensión vivida en la ciudad. Yo, aunque había vuelto a hablar con mi familiar varias veces esa misma tarde,  había perdido con la distancia  la percepción del tamaño de la tragedia, y fue entonces cuando lo empecé a asimilar.

El sábado 13 de marzo llegué a Amman y nuevamente en el canal Internacional de TVE vi otro programa que cerró sus créditos con los nombres de los fallecidos. Los escruté uno a uno y vi el nombre de un conocido con el que me acababa de cruzar por Marques de Alonso Martínez apenas hacía un par de semanas. No me volvería a cruzar con él nunca más. Tiempo después, el hermano de la víctima y yo, rememoramos los momentos del atentado. A él le costó más que a mí, porque rompió a llorar en un momento de la conversación.

El Domingo 14, estando en Petra, observé desde la distancia el vuelco electoral – yo seguía ajeno en cierta manera a lo que pasaba en España-según las encuestas previstas. Luego veríamos que ese era precisamente el resultado buscado por los machotes de la bomba a distancia.

Llegué a Alcalá el martes 16 de marzo, y le pedí a un taxista madrileño que me llevase a mi domicilio entrando por la Puerta de Madrid y siguiendo por la calle de los Coches. Mi recuerdo no puede ser más tenebroso. Alcalá estaba sumida en el más profundo de los silencios. Puede que mi sensación de entonces se encuentre mediatizada, pero sí que me supuso un shock al sentir una magnitud que no había percibido.

La tarde del 26 de Mayo de 1979 circulaba por la calle María de Molina y disponía a incorporarme a Serrano. Un coche de la policía municipal de Madrid se cruzo y salieron dos policías con cara de circunstancias indicando que el paso estaba cortado. Vi terror en sus caras. Momentos después escuché en Radio Madrid que se había producido una explosión en la cafetería California 47, sitio de moda  por entonces. Nunca hasta entonces había visto ese terror.

El 13 de Abril de 1985 tuve que acudir forzosamente a una celebración en Madrid. El día antes 18 personas habían fallecido en el restaurante El Descanso víctimas de otro brutal atentado. La nacional 2, estaba medio cortada y numerosos coches de bomberos se apelotonaban en el restaurante. Había entonces – hoy no- una pasarela de paso que discurría entre el Restaurante y la Fábrica de Pegaso. Tengo imborrable el recuerdo del gesto de dolor de dos mujeres de apariencia norteamericana retenidas por la policía, con sendos ramos de flores que  dudo mucho llegasen a su destino.

Ninguno de estos recuerdos puede ser comparable al del silencio que encontré en Alcalá el 16 de Marzo de 2011.

¿Cree alguien que la guerra Santa de estos chavales sirvió para algo? Querían que España tuviese un vuelco electoral y lo consiguieron ¿Para qué sirvió?

Mis consideraciones pueden parecer absurdas, porque los hechos son los que son. La única verdad es que el 11M se ha utilizado como arma arrojadiza y muchas veces contaminante en función de los intereses de cada uno, pero la única realidad es que 192 personas y sus familias perdieron la vida ese día.

Siento un profundo dolor en el alma por todos y cada uno de los que no han tenido la fortuna que yo he tenido, y que no pueden seguir escuchando la voz y el calor de esa persona que ahora no está. Nunca podremos olvidar, ni a los muertos, ni a sus familias.

Yo no guardo rencor, pero me resulta imposible entender  como alguien puede guardar tanto odio como para cometer semejantes barbaries.

Mi familiar se encuentra vivo y coleando y dando toda la guerra posible 10 años después de la tragedia.

El alcalaíno impenitente.